Nuestra generación, o la generación que pudo ser, en tierra de colonos

Fotografía:  Lasallistas de 1971. Cortesía del autor

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Jorge Reynel Pulecio Yate. Nº27*

Visto en perspectiva, fuimos una generación afortunada. Pudimos ser peores, pudimos ser mejores. Dadas las circunstancias, habitamos una tierra ignota de colonos, de indios perdedores, de desterrados y desheredados, pero habitamos el paraíso, casi sin saberlo.

La mayoría de nuestros padres llegaron al Caquetá, desde “el interior” del país, huyendo de La Violencia. Otros habían llegado desde antes, desde la tercera guerra del Amazonas, cuando las caucherías y las tragedias contadas en La Vorágine y en Toá: cuando la guerra de las fronteras[1]. Algunos de los nuestros recién llegaron cuando ya se fueron. Pero nos encontramos nosotros, muchachos y muchachas, mozos de pantalón corto y zapatos Grulla en los sesenta, paseantes de “La puerta de oro de la Amazonia”, de los ríos verdes que ahogaban “rolos” y hacían brotar cuchas, doradas, temblones y bagres gigantes en charcos prodigiosos.

Florencia entonces era un hervidero de vida. Habían llegado primero huilenses y tolimenses, y pronto llegaron de todas partes, de la Costa, del Valle, del Llano, de los Andes… Cuando nacimos ya estaban los italianos de ojos claros y lenguas extrañas, empeñados en que rezáramos en latín. Casi nos olvidamos de los uitoto y los coreguaje… originarios. Para completar, el Batallón Juanambú traía cada tres meses reclutas de todos los rincones patrios, los purgaba y les enseñaba orden cerrado para la guerra -que entonces seguía en el interior del país, no aún en nuestra patria chica. Esos conscriptos regresaban luego a nuestra tierra bendita, a seguir la vida. Hervía la vida porque eran tiempos de paz, de colonización productiva (aún sin coca, sin minería y tanta corrupción) y de creación cultural.

Fueron los tiempos de las “semanas culturales” inolvidables. De concursos de poesía, de cuento, declamación, danza, canto, teatro, pintura (ojo Zaz), de visita de los mejores artistas del país y de las embajadas de países occidentales.

Cuando pasaba la semana cultural venían las semanas “de misiones”, los concursos de religión y los retiros, las justas deportivas de todo el año y las rumbas de todos los fines de semana, en La Pitágoras, El Niagara, Los Guaduales… o en las casas de mil amigos. Aprendimos a vivir encontrándonos siempre y compitiendo siempre. Aprendimos a cantar La Salle, contra El Migani y otros retadores.

Los hermanos cristianos intentaron modelarnos en el método cartesiano, típico francés y lasallista. Creo que en eso fracasaron ellos y perdimos nosotros. Nos dejaron sí un legado de conocimientos varios, universales, placenteros, gratos. Intentaron inculcarnos normas de convivencia y disciplina, a pesar de nuestra dispersión y precariedad ciudadana. No aprovechamos mucho de lo ofrecido. Recuerdo por ejemplo que nos burlábamos de la música clásica y del pentagrama, entre otros desperdicios de vida (como los idiomas).

No todo lo que nos dieron fue bueno. Nos inculcaron métodos competitivos individualistas, poco colaborativos, que pudo generar prácticas non santas en nosotros. Por ejemplo las notas de cada mes y los puestos ordenados por decimales. Y el mercado persa de bonos por ir a misa, intercambiables por faltas de disciplina y de conducta y luego por empanadas y gaseosa Florenciana en los recreos. Todo cutre. Pero lo fundamental se logró. Fuimos felices.

Nada en mi vida, y espero no ser excepción, ha sido tan grato como ser lasallista durante los tiempos en que leímos “Cien años de soledad”, frecuentamos la salsa, el fútbol, el básquet, el atletismo, los ríos, a doña Santos en “La Vega”, escuchamos “Los diablos del ritmo” y “Los Únivox” (https://www.youtube.com/watch?v=hI1AKpbYrYE) , bebimos en las madrugadas el caldo de pajarilla en La Galería, fuimos soldados premilitares, participamos en los desfiles patrios vestidos de gala, en fin, cuando conocimos al país nativo, primero al escuchar por radio la vuelta a Colombia en bicicleta (Cochise aún hoy sigue ganando?) y luego, en sexto, mediante la excursión que nos llevó a conocer el mar… Fuimos felices.

Después de 1971, la tropa se dispersó por los caminos de la vida. A veces laberintos, a veces trochas cortas, a veces avenidas. Fue la diáspora. Muchos aprovecharon (¿aprovechamos?) para escapar de la Amazonia como quien deja la casa en llamas, para no volver. Otros persistieron en construir la vida allí, muy cerca del paraíso. Los más nos fuimos de a pocos para siempre regresar, en la memoria, en la familia, en los sueños cotidianos.

Ya seis de los compañeros de sexto partieron cumplidos a la cita inexorable con el más allá. Loor a ellos: Maritza Téllez, Priscila Ospina, Rosalba Gil, William Valderrama, Nelson Valencia, Álvaro Hurtado… Otros estamos demorados, pero cumpliremos, carajo!

Luego de los tiempos de la colonización productiva en la Amazonia, vinieron los de la economía rentista y especulativa[2]. Desde mediados de los setenta apareció la coca y luego la captura de rentas del Estado por los corruptos, el familismo amoral, y más recién el veneno de la minería y el petróleo. Hizo crisis la colonización productiva y allí pelecharon la insurgencia, los militares y los paramilitares. Pelecharon mafias de diversa pelambre. La tragedia se enseñoreó en nuestro “remanso de paz”[3]. Lo que había sido cultura (que viene de cultivo) del trabajo duro de colonos, comerciantes y emprendedores (nuestros padres), se trocó en búsqueda arrebatada del enriquecimiento rápido, cultura del riesgo y de la mafia. De todo ello fuimos testigos, víctimas o actores, por acción o por omisión.

Varios de nosotros, de lo que pudo ser llamada la “generación de los setenta en el Caquetá y la Amazonia”, participamos de responsabilidades políticas, administrativas, académicas, docentes y profesionales en el Caquetá. Nelson Valencia, Álvaro Ortega y Constantino Arias, fueron alcaldes de Florencia. Libardo Ramón creo que fue magistrado o debió serlo; Medardo Plazas diputado. Luis Eduardo Torres rector de la Universidad de La Amazonia, entre otros cargos públicos destacados. Otros más han (hemos) incursionado en la vida académica, administrativa, profesional y empresarial a nivel nacional, fruto de la diáspora. Inclusive el suscrito, luego de haber sido Secretario de Educación del Departamento, se arriesgó a crear el movimiento “Amazonia viva es Colombia viva”, y a participar en la campaña a la Presidencia de la República en 1998. Y si sumamos la cohorte generacional que nos siguió, alguna huella debimos haber dejado. Pero no logramos constituir una ruptura generacional. Fuimos apenas una transición en tiempos turbulentos. Viendo el asunto desde la distancia y el reposo, pudimos ser peores, pudimos ser mejores.

En verdad, para hablar de la que pudo ser “la generación de los setenta en el Caquetá y la Amazonia”, debemos incluir a muchas personas que nos antecedieron y nos prosiguieron, tal vez con mayor destaque. De nuestra misma colada fueron académicos como Gerardo Gordillo, Crescencio Huertas y Félix Artunduaga. Pero también Luciano Marín (Iván Márquez) y Luis Devia (Raúl Reyes), entre otros insurgentes; así como Miky Ramírez, Henry Camacho y, alargando un poco la cuerda, Evaristo Porras. Quiero decir que nuestra generación fue diversa y conflictiva, fruto del tiempo borrascoso vivido y padecido. Esa historia hay que escribirla, antes de la niebla.

No es extraño que solo 45 años después de nuestra despedida en el teatro Los Alpes, nos citemos para decirnos cuánto nos hizo falta encontrarnos más a menudo, así sea para prometernos nuevas despedidas.

¿Qué dirían nuestros maestros por el silencio guardado? Cachayita, Chonano, Calígula, el Gordo Velásquez, Chiribico, Cara de Mango, el hermano Ganso, etc. no nos enseñaron acaso a amarnos, a dejar la timidez y decirnos -cuando aún estamos vivos- que valió la pena ser amigos y compartir lo mejor de la vida en esa colina que vigila la entrada del río Hacha a Florencia?

Ya no es tiempo de partir, como en 1971 (el D5 en el traga níquel del Café Real, entonaba: “Madre, prepara mis cosas, porque tengo que partir, a buscar nuevas fortunas… El destino me lleva… https://www.youtube.com/watch?v=NNnmSykoPec ). Al contrario, es el tiempo del retorno y de la fraternidad.

Un hueco inmenso, tal vez imperdonable, que nos dejó nuestra formación de bachillerato, fue que poco hizo por crearnos sentido de pertenencia a la Amazonia. No sabían aún nuestros profesores, y menos los afrancesados hermanos cristianos, de la importancia geopolítica de la Amazonia. Poco o nada nos dijeron sobre lo vital del ecosistema amazónico para regular el clima del planeta, por aportar el 18% del agua dulce que da vida a los mares, ser el espacio más megadiverso del mundo, con el banco de germoplasma que puede alimentar y sanar la humanidad en el siglo XXI, en fin, no nos enseñaron a valorar la riqueza cultural de nuestros indios amazónicos. En lo que más avanzaron, gracias de nuevo a las semanas culturales, fue en reconocer la riqueza cultural de los colonos.

Pero no quiero culpar a nuestros profesores. Para nada. De nuevo, fue el tiempo que nos tocó vivir. Aún hoy es frágil el sentido de pertenencia regional amazónico. ¡Pero se ve venir! La defensa del agua (algo que sí entendía el Capitán Artunduaga, vale decir) y la denuncia de la minería criminal, están moviendo a nuestros hijos y a los hijos de nuestros amigos. Ojalá nosotros, con ocasión del eterno retorno, podamos hacer algo también en ese sentido.

Nunca leí a Dante Alighieri, pero de su Divina Comedia me atrajo el Paraíso. No obstante, siempre me aterró el bello fresco que corona el altar mayor de nuestra Catedral, inspirado en Alighieri (que era de la otra Florencia), donde el camino al Paraíso resulta empedrado y espinoso. No importa, ya lo hecho, hecho está. Pero si llego al Paraíso, no me lo puedo imaginar sin nuestros ríos, sin Charco Azul, las moyas de Tres Esquinas, La Sierpe en La Perdiz, el Zarabando, el Pescado, sin el Bodoquero y su Morelia, sin mil charcos en mil ríos nacimiento del río mar del Amazonas. No me lo puedo imaginar sin nuestras amazonas, las bellas compañeras de cuarto, de quinto y de sexto grado, que siguen siendo mi amor platónico, sobretodo Martica Marlés enseñándome Cassatschok para la presentación en el Centro Literario.

No me imagino el Paraíso sin la salsa y esas baladas de encanto que me dan vueltas en la cabeza desde los años sesenta. Allí, en el Paraíso, debe haber un lugar para los petroglifos del Hacha, abajo de los tanques del agua de La Salle. En el Paraíso debe ser siempre la hora del recreo y de jugar “a pasarnos” en las canchas de básquet. De seguro allá todos debemos llevar el uniforme azul satinado y blanco y el cordón rojo y la chapa con el escudo lasallista en el cinturón. En el Paraíso debe escucharse la voz espectral de monseñor Cuniberti en latín. Y los gritos de goool, en la explanadita que corona el colegio, arriba de la estatua austera y negra de Juan Bautista de La Salle.

Cuando me llamen a lista en el Paraíso, si es que me llaman, contestaré al número 27. Y si me dejan escoger menú, pediré siempre sancocho de gallina servido en hojas de plátano suazadas, extendidas sobre las piedras afiladas que arrastra la quebrada La Yuca. Nos encontraremos luego, nos encontraremos siempre.

[1] Pulecio, J. R. (2015), Amor y guerra en el Amazonas, Planeta, Bogotá.

[2] Pulecio, J. R. y Pulecio, H. (2001), El espacio de la sociedad civil en la Amazonia colombiana, Fescol, Bogotá.

[3] Ciro, Cl. A. (2015), `Unos grises muy verracos.´ Poder político local y configuración del Estado en el Caquetá, 1980-2006, Tesis de Maestría en Estudios Políticos, IEPRI, Universidad Nacional de Colombia.

*Economista de la U. Nacional de Colombia y profesor de la misma. Cursó primaria en escuelas rurales de la Amazonia colombiana y bachillerato en el Colegio Nacional La Salle, de Florencia, Caquetá. Realizó estudios de posgrado en universidades de Argentina, Brasil, España, Bélgica y Estados Unidos. En la actualidad es director de la Corporación Viva Amazonia Viva.

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