Construcción de realidades: remembranza sobre el tránsito a la paz en el sur de Colombia

Víctor Ospina Ortiz, investigador AlaOrillaDelRío

En 1999, el expresidente Andrés Pastrana y el grupo guerrillero más grande del país y el más antiguo de América Latina, dicen algunas personas; del mundo, dicen otras, las FARC EP, iniciaron un proceso orientado a poner fin al conflicto armado. Yo, todo lo miraba desde la comodidad de la apatía. Nada se hablaba en mi colegio ni en otros espacios frecuentados por mí de la mesa de diálogos instalada en San Vicente del Caguán, departamento de Caquetá, y aunque el conflicto ya había golpeado a mi familia, mi ignorancia sobre el contexto social y político me impedía comprenderlo y asimilarlo. 

Lo poco que sabía provenía de canales televisivos llenos de noticias que presentaban a los integrantes de la guerrilla como un poco de gente que surgía de la inaccesible manigua a perturbarla pulcritud de la vida urbana.

Luego de varios años, el conflicto siguió y quizás también mi inconciencia, pero con escaso margen de error puedo hoy asegurar que la confrontación había crecido. La escalada paramilitar contribuyó de manera profusa en la siembra de cadáveres por los suelos colombianos. La cosecha no se hizo esperar. Miedo y odio a borbotones se sintieron por muchos lugares de la geografía nacional. Ciudades, pero sobre todo áreas rurales completas, fueron objeto de ese macabro experimento de querer terminar la guerra multiplicando la guerra; ese sádico laboratorio de muerte emulador del cinismo en Hiroshima y Nagasaki, donde se justificó el asesinato de miles de personas con la “pacífica” intención de salvar otras. Comenzaba el siglo XXI.

Mucha agua ha corrido por los ríos de nuestra historia y numerosos cadáveres han navegado por las aguas de nuestros ríos. El conflicto armado llegó a tornarse tan crudo y constante en el trasegar diario de los colombianos, que hablar de su fin era una ficción. 

Hay quienes dicen que en algunos casos la ficción no supera la realidad y que la imaginación es inferior a la verdad. En Colombia, se ha tejido un gran manto de mentiras y de verdades a medias, de modo que es preciso acercarse a determinados espacios para observar debajo de los hilos y sacar conclusiones en las que no intervengan terceros. 

La oportunidad de pasar de ser un espectador, alguien indiferente a la realidad de mi país, a ser un actor en ese escenario, llegó el día en que me enteré de mi selección como parte del equipo encargado de aplicar el censo socioeconómico a los integrantes de las FARC-EP.  Gracias a eso, estuve al tanto de los hechos, claro está, dentro de mis posibilidades.   

Pertenecer a ese selecto grupo me dio la posibilidad de interactuar con cientos de militantes farianos y de compartirexperiencias con miembros de la academia nacional. 

Al irme involucrando, supe que, aunque a paso de caracol, avanzan los acuerdos de terminación del conflicto armado y de construcción de paz entre el gobierno y las FARC- EP. Entendí que lo plasmado en los papeles debe concretarse en lasregiones. Contrario a lo sucedido en el Caguán, esta vez no hubo rompimientos, se llegó a la firma final y la voluntad y anhelo de paz han salido airosos a pesar de los embates de un sector poderoso de la sociedad contra el proceso. El gobierno ha puesto su parte y la insurgencia, la suya.

Me correspondió hacer mi labor de censista en La Carmelita, vereda del municipio de Puerto Asís, departamento de Putumayo. Allá, la explotación petrolera es tan dinámica que mueve numerosas tractomulas en un día, pero es muy poco bondadosa: no genera recursos económicos para construir un puente o pavimentar las vías de acceso. En esa vereda se encuentra la Zona Veredal Heiler Mosquera, cuyos habitantes hacen parte de algunos frentes que en otrora componían el Bloque Sur de las FARC-EP. 

Para llegar hasta La Carmelita, es necesario cruzar el río Putumayo en un bote y luego desplazarse durante aproximadamente 45 minutos en cualquier vehículo que se esté adentrando en esas vegas calurosas. El viaje tuvo experiencias agridulces; lo placentero de conocer agradables paisajes, contrastó con las incomodidades del transporte fluvial y el terrestre, abarrotados ambos, así como con las carreteras empedradas y semi abandonadas por el Estado.

Adentro de la Zona Veredal dos grandes contenedores se sumaban al juego de contrastes, pertenecientes a la Organización de Naciones Unidas, sobresalían cerca de las primeras construcciones prefabricadas, levantadas del barro como un nido de termitas después de la tormenta. 

Guerrilleras y guerrilleros organizaron un recibimiento que impresionó a algunos colegas congestionados con la imagen de que salían de la maraña a atentar contra el buen orden. Por mi parte, sentí de inmediato la calidez del campesino colombiano, siempre dispuesto a ser un buen anfitrión ofreciendo al visitante cuanta comodidad le sea posible brindar. Que las FARC-EP son un ejército conformado en gran parte por campesinos era algo que yo sabía por la academia, pero lo pude comprobar en la práctica.

Pastor Alape nos acompañó en las capacitaciones previas al censo. Este comandante de la insurgencia hizo hincapié en la desconfianza del guerrillero, rasgo que percibí casi de inmediato y corroboré en medio de las charlas sostenidas con varios miembros de la organización. Era explicable: se forjaron a través de años con experiencias de consecuencias dolorosas, como la muerte de guerrilleros y guerrilleras. No obstante, las actividades relacionadas con el censo se adelantaron con éxito desde el primer día.

Quisiera escribir todos los relatos entregados por aquellas mujeres y hombres que conocí, pero sé que nada de lo que plasme diría lo suficiente. En mí, se corroboraron algunos imaginarios sobre la guerra y la guerrilla, mientras otros se derrumbaron.

Todas esas personas tienen claro el objetivo de su lucha de tantos años, ningún militante habló, aun reconociendo los errores cometidos en medio de la guerra, de una intención diferente a la de derrocar un gobierno al que denominan oligarca, para implantar otro que obedezca a las necesidades de las regiones y sus pobladores. Ese siempre, dicen, ha sido su propósito. Pero descubrir eso, es algo que no se puede alcanzar en las calles de las ciudades, ni mucho menos en losescritorios de quienes mal dirigen el país.

Se puede llegar a hiperbolizar la subjetividad, hacerlo es una característica del ser humano. Sin embargo, la afirmación de que el auge paramilitar ayudó a engrosar las filas de la guerrilla resulta incuestionable cuando algunos guerrilleros narran que, todavía como civiles, los ejércitos del paramilitar Carlos Castaño arrasaron sus poblados y veredas y no les quedó otra opción que buscar la seguridad empuñando un fusil. Esto no significa que no haya otras causas muy diversas de ingreso alas filas guerrilleras, pero es una realidad innegable.

Los días en La Carmelita fueron pasando en medio de largas jornadas de trabajo; los y las guerrilleras asumieron el censo como un ejercicio más entre todos los de esta transición. Hace unos meses, vivían en campamentos camuflados porlos árboles y ahora pasan sus días en una ciudadela construida en su mayoría por ellos, con la ayuda de civiles. Quienes les colaboran deambulan hoy con naturalidad en medio de personas que libraban hace tan solo días una guerra fratricida conmás de 50 años de duración.

En las noches, el dinamismo de la Zona Veredal se mantenía. Desde las escuelas de baile, hasta la panadería y sus apetitosos olores eran evidencia del cumplimiento de las funciones artísticas y gastronómicas encomendadas. Esos instantes de receso nocturno eran los adecuados para las tertulias informales en las que las historias fluían entre cafés, sonrisas, algunos suspiros evocadores de pasados tristes, y el sin sabor de un futuro incierto.

Igual incertidumbre contiene el futuro de los integrantes nacidos en otros países. En algunos medios de comunicación se habla de los extranjeros de las FARC- EP, pero no se precisa cuántos son, ni sus nacionalidades. Varios ecuatorianos y unargentino hacen parte de ese grupo de internacionalistas que, como en los tiempos de la Guerra Civil Española acudieronal llamado de la revolución y viajaron, no a morir en Madrid, sino a vivir en la historia de Colombia, un país que ven como el propio.

La noche anterior a la partida del equipo de censistas, las personas de las Zonas Veredales quisieron expresarnos su agradecimiento con una velada. Las palabras de despedida estaban cargadas de optimismo, el censo les permitió vermejor que lo acordado se está cumpliendo, que el optimismo supera lo negativo y que el proyecto político mantiene elobjetivo, aunque cambie la forma de alcanzarlo. El festejo se cerró con brindis y baile.

A la mañana siguiente, partimos en medio de caras amables y brazos extendidos que a lo lejos nos deseaban un buen viaje y pronto regreso. 

La travesía hacia nuestros destinos nos produjo malestar. Otra vez enfrentábamos las odiosas evidencias de la extracción de recursos minero-energéticos en un territorio en el que sus carreteras están abandonas. Esta vez, se siguió otro camino, pero sus condiciones eran similares.

Así concluyó un pequeño pero significativo paso en lo acordado en La Habana: el censo en una Zona Veredal. Esta vez, mi papel consistió en aportar en la construcción de una nueva historia para nuestro país y quiero seguir haciéndolo.

Esa historia tendrá una paz para mirar y tocar, que no será sólo utopía y la paloma blanca dejará de ser adorno para eloportunismo político para convertirse en expresión de vida triunfante ante quienes insisten en perpetuar el odio. Ahora, ese camino será lo cierto y la guerra una ficción. “la historia es nuestra y la hacen los pueblos”, dijo Salvador Allende minutos antes de su asesinato”. Hoy, le hago eco: el futuro del país está en nuestras manos.

Publicado originalmente en “Por el agujero de la memoria construyendo Paz: Narrativas del Censo socioeconómico de las FARC-EP” de la compilación realizada por Carlos Medina Gallego. UNAL, 2017.

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